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La misión de Kevin Warsh: restaurar la era de la disciplina monetaria

Por Álvaro Vargas Llosa  ·  Independent Institute

Existe una percepción generalizada de que la inflación en Estados Unidos se encuentra estrechamente relacionada con la guerra en Irán. Esto significa que cada vez que llegan buenas noticias del Golfo, los políticos, los medios de comunicación y ciertas voces del mundo económico celebran la baja de los precios, incluido el que, en su opinión, impulsa a todos los demás: el del petróleo. Cuando las noticias del Golfo son malas, un sentimiento negativo cobra fuerza.

Por supuesto, lo que acontece —o no— en el Golfo repercute en el suministro y el precio del petróleo y, sin duda, tiene influencia en otros precios. Pero eso no es lo que está manteniendo la tasa de inflación en niveles inaceptablemente altos. Ese problema se remonta a décadas atrás y tiene causas más profundas que la inestabilidad en Oriente Medio y el precio del petróleo.

Por eso resultó reconfortante y tranquilizador escuchar al nuevo presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, afirmar de manera inequívoca: “Los miembros de nuestro comité no toleran una inflación persistentemente elevada”.

Este es el problema clave: la inflación se ha vuelto “persistentemente elevada”, lo que significa que se ha mantenido por encima del objetivo del 2 % de la Reserva Federal durante casi una década. El propio objetivo es muy cuestionable, ya que una inflación del 2 % durante un período de casi nueve años —el tiempo que ha permanecido por encima del objetivo— reduciría el poder adquisitivo de un dólar en algo menos del 18 %. ¿Es ese un objetivo deseable en sí mismo?

Dejando eso a un lado, lo cierto es que, si tenemos en cuenta el Índice de Precios al Consumidor de media recortada —que excluye las variaciones de precios más extremas— desde 2017, la inflación total ha ascendido a casi el doble: en torno al 36 %.

El problema comenzó a finales de la década de 1980, bajo el mandato de Alan Greenspan. En contra de la filosofía que había defendido durante décadas, Greenspan comenzó a imprimir dinero de forma sistemática, y a manipular las tasas de interés cuando asumió la presidencia de la Reserva Federal. Esto ya se había hecho muchas veces antes, pero Greenspan inauguró una era inflacionaria que duraría cuarenta años. Comenzó como una respuesta de pánico a la caída de la bolsa del 19 de octubre de 1987, conocida como el “Lunes Negro”, y, como suele ocurrir con las políticas públicas, no tuvo fin.

¿Era necesaria la inflación para generar crecimiento económico? No. Bajo el mandato de William McChesney Martin, que presidió la Reserva Federal en las décadas de 1950 y 1960, se aplicó una política monetaria restrictiva. Como resultado, la inflación se situó en una media de apenas el 1,4 % anual entre 1952 y 1966, mientras que el producto interior bruto de EE. UU., ajustado por inflación, creció a una sólida tasa promedio annual del 4 %.

Compárese esto con las dos últimas décadas, en las que se ha impreso dinero como si no hubiera un mañana, razón por la cual el balance de la Reserva Federal ha crecido hasta alcanzar la astronómica cifra de 6,7 billones de dólares y, hasta hace poco, era incluso considerablemente superior.

El crecimiento económico durante este período más reciente ha sido, en promedio, considerablemente inferior al registrado durante la etapa de austeridad monetaria de McChesney Martin. Empleando el Índice de Precios al Consumidor de media recortada, la inflación anual en el segundo trimestre de este año fue del 2,8 % y ha promediado el 3,5 % en los últimos nueve años.

El problema subyacente de la inflación va mucho más allá de la política estadounidense en Oriente Medio. De hecho, la tasa de inflación anualizada en el trimestre más reciente de este año se situó muy cerca de la registrada durante el último trimestre de la administración Biden, cuando el petróleo fluía libremente a través del estrecho de Ormuz.

La gran pregunta es si Warsh querrá honrar su compromiso —lo que implicaría seguir reduciendo el abultado balance que heredó y mantener las tasas de interés por encima del nivel que muchos políticos, incluido el máximo responsable, desearían idealmente en un año electoral—. Lo que está implícito en este enfoque lento pero sostenido conlleva el riesgo de desencadenar una recesión, algo que, para ser justos, no sería culpa de Warsh, sino de las políticas inflacionistas de décadas anteriores.

¿Están Warsh y otros miembros del Comité Federal de Mercado Abierto dispuestos a arriesgarse a una recesión con el fin de revertir cuatro décadas de locura inflacionaria, sentando así las bases para un crecimiento económico más sólido y un mayor poder adquisitivo de los hogares?

Ya se ha hecho antes. Contra viento y marea, Paul Volcker lo consiguió en la década de los 80. Sí, sus medidas draconianas contribuyeron a provocar la recesión de principios de los 80, pero también marcaron el inicio de un período largo y sostenido de crecimiento sólido durante el resto de la década.

Lo trágico es que los sucesores de Volcker, hacia finales de esa década, decidieron dar marcha atrás.

Traducido por Gabriel Gasave